El diálogo horizontal

Todos los días son adecuados para aterrizar y dejar de maquillar el lenguaje, y así asumir la responsabilidad de un diálogo horizontal.

He de confesarlo, soy un manojo de contradicciones y hay una por la que debo hacerme responsable y disculparme, si cabe, públicamente. Dentro de mi trabajo y mis desarrollos conceptuales y de gestión trato de apelar a la importancia del diálogo, especialmente el horizontal: Aquel diálogo libre de jerarquías, capaz de fluir en diferentes direcciones, un diálogo creativo donde resida la calidez de los afectos. En una vuelta más de contrariedades, quiero desahogarme en este monólogo para materializar las restricciones, compartir las reflexiones dadas por la experiencia de hablar en lenguas que solo yo entiendo y firmar un acuerdo para mantenerme con los pies sobre el terreno.

Debo comenzar por una de las particularidades más incómodas de la cultura occidental y especialmente de las artes plásticas. Critico constantemente el arte que sólo se mira a sí mismo, aquel arte que sólo les habla a los artistas. Las manifestaciones culturales adquieren riqueza en la medida en la que permean sus cuerpos de residencia, es decir, cuando rebasan la individualidad para circular a nivel comunitario.

Y aquí viene mi confesión, la forma en la que me expreso comete precisamente los pecados que denuncio. Constantemente me refiero a términos con un significado tremendamente profundo para mí, pero velados y crípticos para mis interlocutores. He construido un lenguaje para conversar conmigo mismo, pero que no me sirve para comunicarme con mis colegas en muchas ocasiones. Mi último artículo era una colección de frases subordinadas apabullantes, que tal vez funcionen para una lectura personal, una entrada en mis bitácoras, pero no para generar vínculos a través de las ideas.

Pero esta maraña de palabros no sólo es un obstáculo para la comunicación entre pares, entre colegas profesionales o colegas agentes, incluso entre dos tiempos de la misma carne. El enredo de palabras y términos rebuscados, con toda la carga simbólica saturada es una evidencia innegable de la falta (mi falta) de empatía. A partir de ahí, de todo tipo de estructuras interpuestas entre un yo desconectado y el resto del cuerpo social, se esconden sesgos que he heredado y vivido. Estos vicios del lenguaje y la comunicación están presentes en el privilegio y la academia. El autoritarismo semántico al que someto a mis lectores es una forma de maltrato por la que pido excusas, al tiempo que me comprometo con una elaboración más delicada de mis textos.

Las florituras del lenguaje que he ido adquiriendo son consecuencia de mi impaciencia. Lamento profundamente que el lenguaje verbal sólo sea transmisible un fonema a la vez. Verter las estructuras de pensamiento en un texto no debería ser equiparable a una náusea concretada en el teclado. Por más que adore el barroco, y a riesgo de descubrir el agua tibia, mi función como escritor en esta web es compartir y no amordazar.

En este mea culpa me mantendré corto para no traicionar más su esencia. Me hago un llamado a futuro para permanecer simple; para considerar el sonido, el ritmo y la pausa; para hilar y dosificar las ideas con calma. Quedan los canales abiertos porque estoy dispuesto a aclarar cualquier reclamo, y en especial para habitar ese anhelado diálogo horizontal.

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