La renovación del gesto simbólico.

En momentos de crisis surgen hitos de presencia y afectos.

Los símbolos están presentes en el territorio y en el tiempo. Nos hartamos de ellos hasta olvidar que son artefactos de memoria. Condensan el humo de la historia y las ideas para hacer una declaración de presencia, de emplazamiento tácito o directo del pensamiento representado. Si somos capaces de leerlos, así sea con interpretaciones tartamudas, dichos símbolos están vivos, y a través de ellos, las acciones de quienes los erigieron.

Para esta ocasión, quiero entender la cultura tejida, un entramado de relatos, de acciones guionadas, un teatro de agenciamiento coral. En este sentido, los símbolos son a penas elementos de la construcción de la trama en el escenario. Sin embargo, son hitos capaces de demarcar posiciones y detonar afectos; por lo tanto, tienen el poder de ordenar la vida, y por supuesto, el poder los tiene.

Los símbolos y las acciones tienen un affaire en la esfera pública. Mientras que los símbolos son detonadores o inhibidores de acción, las acciones pueden tornarse en símbolos. Es posible leer el texto y el subtexto tanto de un grafo como de un gesto. Esta premisa fue el descubrimiento del agua tibia que realizó el performance contemporáneo, sin embargo, el gesto simbólico es omnipresente y ha sido canalizado en los rituales del poder.

Así, los símbolos participan en la normalización cuando son integrados en la cotidianidad. Los ideales tras una bandera son instaurados cuando se la encuentra hasta en la taza del café de la mañana. Dos líneas entrecruzadas son un instrumento dispuesto en cada esquina de cualquier casco histórico latinoamericano para no olvidar el relato de un sacrificio, y claro, de las muertes hechas a su nombre. Una cruz similar, inclinada y doblada pasó de ser un símbolo espiritual a uno de horror.

No obstante, su difusión en las estructuras culturales, los símbolos no tienen interpretaciones estáticas. Sus lecturas son susceptibles de cambios, y sucede precisamente en momentos de crisis. Cada símbolo tiene en su historia tiempos de instauración y mutación, tienen capa tras capa de significado, y presentan una cara distinta a cada persona que entra en contacto con ellos.

En oposición a la normalidad, cuando hay presión social contraria al statu quo, irrumpe una renovación simbólica, no sólo en la imagen, sino en el gesto. Comienzan a cuestionarse los ídolos, los monumentos y las tradiciones. Las lógicas dominantes, en su amplia racionalidad justificante, son desmontadas. Las plazas y sitios de reunión dejan de estar coronadas por bronces del siglo XIX homenajeando mitos de fundaciones del siglo XVI de poblaciones que ya estaban fundadas. El lenguaje adopta formas extrañas que apuñalan a sus defensores conservadores en una academia amparada por la herencia de una línea de sangre familiar desde una antigua metrópoli.

A partir de este punto, comienzan a escucharse los relatos soterrados en el teatro cultural cotidiano. Los gestos simbólicos vivos todavía en los censurados, medio zombies en las leyendas o inhumados en huellas de materia, son rescatados y reintegrados en el paisaje social. Un abanico de diversidad es desplegado porque ahora son visibles y posibilitan detonar sus propias acciones.

Sin embargo, no hay que perder de vista que la renovación puede conllevar una resistencia al cambio. Surgirán facciones de restauración de los relatos que el poder ha sostenido, y habrá gestos simbólicos marcados por lenguajes demagógicos, por métodos probados hace décadas, para tratar de retornar a la homogeneidad. Así, disfrazados de buenas intenciones asisten a marchas del silencio cuyo mutismo sólo existe en el nombre, vestidos de camisas pardas o blancas con tal de proteger su patrimonio privilegiado.

Las potencias de los gestos simbólicos son bien entendidas por políticos y artistas. Sin embargo, dominar sus sutilezas es un trabajo de equilibrio entre la delicadeza y el manejo de los medios para instaurar el gesto. Por lo tanto, quienes ostentan el poder tienen una clara ventaja a pesar de sus torpezas evidentes en el manejo de los símbolos.

En mi propia utopía y deber ser de la vida, me imagino un mundo donde cada persona, y especialmente los agentes culturales, sean capaces de acceder a las potencias plásticas del gesto simbólico como instrumento de mediación horizontal. Por el momento, antes de que yo pueda cumplir ese sueño  de forma autoritaria, sólo puedo hacer un llamado a prestar atención a aquellos gestos en la superficie para desenterrar y cuestionar los relatos que los sostienen.

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