Manifiesto continuum

La ausencia o presencia de un programa delimita o potencia la experiencia y la creación.

Sólo un siglo separa a La Odalisca de Fortuny de 1861 de la Mierda de artista de Manzoni de 1961. Ambas manifestaciones son una representación de los extremos que el arte ha podido alcanzar en relativamente poco tiempo. El cuadro mencionado es indiscutiblemente, en su tiempo y ahora, un trabajo artístico dados su refinamiento técnico y su contenido programático. Mientras que la última obra todavía se resiste; tomada con pinzas, claramente, podría justificar la idea superficial de que todo en el arte es válido porque en él se ha visto todo. Sin embargo, en sus profundidades reside una cuestión diferente, y es que todo puede ser un transmisor de significado, siempre y cuando esté subordinado a una propuesta de conocimientos y relaciones entre símbolos y conceptos. El contraste de técnicas, lenguajes y discursos demarca la hipérbole en la que puede inscribirse aquello que nos han enseñado a llamar arte.

Aun así, la construcción de imaginarios en torno a los límites del arte provoca más problemas que propuestas fructíferas, en especial porque aquellas discusiones tienen los pies rancios enterrados en el viejo continente. Sobredimensionan el rol de solo una clase de conocimiento dominado por centros de poder. De esta forma, el reflector es puesto sobre categorías específicas de producción material; hermanados al arte contemporáneo, posan la literatura, la música o el teatro, aunque lo que realmente tenemos en frente es un continuum de manifestaciones culturales gestadas en los cuerpos emplazados en el globo.

Ante este sesgo, pululan los problemas para agentes y actores de las culturas. Es una explanada perfecta para iniciar una batalla de conquista epistemológica de los centros de dominación sobre la experiencia corporal, especialmente la periférica. Las lógicas cartesianas con las que dividieron el mundo en el siglo XIX siguen operantes. De este modo, eminencias intelectuales se dan el poder de determinar el valor de un gesto tanto de un artista comercial como del de un sabedor ancestral. La validez de una expresión bajo este marco es un factor exógeno.

Entre tanto, pobladores de las culturas abigarradas permanecen situados en un no lugar de enunciación. El elitismo cultural les niega el acceso a la mayoría de las manifestaciones mientras les deja escoger entre una selección cuidadosa de enlatados listos para consumir. Aquí entra en escena mi tía, y las tías de muchos artistas que expresan entusiasmo por las obras de sus sobrinos al tiempo que declaran no entender nada. Más allá del agradecimiento por su esfuerzo por ir a la exposición, lo cierto es que la población general está sometida a una barrera al momento de acceder a ciertas manifestaciones culturales.

En este sentido, la imposición de límites no es inocua ya que impone una capa simbólica de valor social sobre las manifestaciones. Ante la novedad de las piezas de la muestra, mi tía o cualquier vecino quedan predispuestos a sesgos ideológicos porque están frente a manifestaciones que no encajan dentro de los esquemas programáticos a los que sus experiencias culturales los tienen acostumbrados. Esta herencia, sea que provenga de la eminencia intelectual decimonónica que proclamó el progreso categorizando al mundo, o sea que haya surgido espontáneamente, puede ser soltada mediante actitudes como la contemplación, el diálogo, la empatía y la apertura a la experiencia.

Superadas estas barreras y volviendo al continuum de las manifestaciones culturales, las expresiones plásticas, sonoras, o corporales revelan una diversidad de lenguajes materiales, códigos, símbolos, caracteres y funciones con las que productores y observadores interactúan. Dichos contactos pueden estar facilitados por matices programáticos cargados en cada una de las partes, es decir, la recepción o creación de distintas expresiones estarían posiblemente mediadas por estructuras operativas funcionales a sistemas sociales de referencia.

De este modo, es posible distinguir dos áreas de características particulares dentro del continuum: Las manifestaciones culturales programáticas y las no programáticas, teniendo en cuenta que no son estadios absolutos sino gradaciones móviles.

Entre las características de las primeras es posible determinar que surgen en lenguajes concertados, es decir que incorporan códigos para ser entendidas de forma masiva dentro de un aglomerado social. La Odalisca de Fortuny posee dicho lenguaje pictórico academicista, no es formalmente ajena a la población heredera de los valores de occidente y puede ser fácilmente decodificada por la mayoría de las personas educadas en su contexto. De igual manera sucede con la cumbia en Latinoamérica, un lenguaje regional extendido con sus formas dialectales propias de cada territorio.

Las manifestaciones programáticas están subordinadas a la función sociocultural, tienden a ser instrumentos satisfactores puntuales de necesidades colectivas. Las técnicas materiales quedan acopladas a los lenguajes representativos de la función sociocultural. Los elementos quedan alineados según su destino de uso, apoyando actividades o discursos de mayor trascendencia que la misma expresión. Así, la construcción de una cumbia cualquiera está diseñada para la reunión social, el baile y la fiesta de un grupo específico de la población.

A la par, poseen un carácter principalmente proyectivo u operativo. Sus métodos están emplazados en modelos de producción preestablecidos, llegando incluso a prosperar en el terreno industrial. Estas manifestaciones son planeadas para adaptarse al programa al que responden. Son respetuosas de los límites y atienden modelos de marco lógico de creación, presupuestos, cronogramas, objetivos y evaluaciones cuantitativas.

Como últimas cualidades de este sector del continuum están las referidas a la representación. Las manifestaciones culturales programáticas tienden a revestirse de una carga simbólica de varias capas. Sus elementos internos hacen parte de un sistema de referencia que no sólo sirven a la expresión, sino que aparecen en función de mecanismos externos. Bajo esta opacidad pueden ocultarse intereses socioculturales y de poder concretos, que en los casos más extremos convierten a la manifestación misma en un instrumento de merchandising o propaganda.

Bajo estos términos La Odalisca está apegada a su función histórica. La representación corresponde a los discursos de sociedad hegemónicos de mediados del siglo XIX. Incluso, repite el tema de la mujer como objeto exótico de deseo y subyugación, ya cansino y perjudicial. Mariano Fortuny obedece programáticamente a los mandatos de la institución académica, no sólo porque fuera entregada como parte de los compromisos de su beca en Roma, sino porque sigue al pie de la letra el deber ser del arte en los términos de su tiempo. Para completar el contrato sociocultural tácito, la obra está acoplada a la visión de género, clase y territorio estereotipada en su Europa. El lenguaje resultante produce una imagen que fácilmente podría ser intercambiada con otros cuadros de igual función, incluso nombre, como los de Ingres, Tanoux, Boucher o Goya.

También, y para no abandonar la cumbia, la canción Festival en Guararé recrea un programa definido. Fiesta, baile, trópico y publicidad. A través de los elementos simbólicos de la pieza pueden entreverse características de la sociedad que la vio nacer y que la sostiene como un ícono sonoro, éxito en ventas, colombopanameño.  

La segunda área característica del continuum les corresponde a las manifestaciones culturales no programáticas. Teniendo en cuenta la crianza y la educación que he tenido yo, y que se asemeja también a la de gran parte de lectores de este texto, es posible hacer consciencia de las expresiones de este campo en entornos donde la experimentación prima sobre el resultado. No hablo solamente de exposiciones o escuelas de arte, donde proliferan trabajos que me hacen compartir el desconcierto de mi tía; me refiero incluso a materializaciones más cotidianas enmarcadas entre el juego y el rito transparentes: el descubrimiento de un niño con el maquillaje ante un espejo, el reflejo performático de sonreír para adentro cuando recordamos un momento vergonzoso.

Este es el territorio de la experiencia soberana. El empirismo abre la puerta no sólo al conocimiento lógico, sino también al sensorial y al emocional. Aquí, toda manifestación encarna por mor de sí; está subordinada a su contenido fenomenológico. Estas son las razones por las que el tiempo vivido en terrenos no programáticos es un presente dilatado, cargado de texturas con visos de futuro y de pasado, todo fundido en la duración del gesto.

En consecuencia, es natural que las expresiones y manifestaciones culturales operantes en estos terrenos poco a poco trasciendan la técnica. Como resultado, las exploraciones modelan lenguajes nuevos para expandir la capacidad de enunciación de lo que todavía no ha sido dicho. Pueden tomar códigos prestados de la experiencia, pero terminan por desenvolverse en la medida de sus necesidades. Los procedimientos materiales se expanden y remodelan, surgen propuestas que las lentes tradicionales no logran encajar en sus esquemas, por lo que asignan términos de mixtura e interdisciplinariedad. Así pasó con el arte contemporáneo, especialmente el de postguerra, así pasa con las acciones culturales de la periferia que occidente se empeña en llamar artesanía y superstición sólo porque no se alinean a sus programas.

Dichos lenguajes conjugan una colección de códigos horizontales. Las manifestaciones no programáticas ostentan una carga simbólica no jerárquica. En su autonomía no representan nada que no les sea constitutivo, se presentan desnudas a la espera de una lectura contemplativa.

La obra de Manzoni tiene esta sinceridad, que me hace preferirla sobre La Odalisca. Es un juego que desmonta los programas del arte de salón. Descoloca todo acercamiento guionado de los incautos y sólo puede ser abordada con la suficiente apertura a la experiencia. Una ceremonia de yagé también es una manifestación emplazada en un campo no programático. Conecta flujos de conocimiento con los cuerpos participantes. Sus protocolos están construidos con su lenguaje auténtico y en función de su cosmos simbólico, y en ningún momento restringe la potencia de la revelación espontánea.

Derivar en esta zona nos pone en contacto con la existencia, con el territorio, con el presente y con otros cuerpos. Para cualquier persona es un espacio para abstraerse del deber ser y consolidar vínculos que trasciendan la individualidad. Para los agentes culturales, es un campo de exploración de potencias y de creación infinito, lejos de las restricciones programáticas. Sin embargo, no es posible un mundo completamente situado en esta rivera, los lenguajes concertados y la coordinación estratégica de un grupo social apelan entre otras a la necesidad de subsistir.

A pesar de que las manifestaciones culturales programáticas están adheridas a un guion previo, y están constreñidas a representar un papel social, cultural, y comercial incluso, es aquí donde es posible encontrar la mayor cantidad de producciones constitutivas de nuestra propia cotidianidad. En términos generales, agrupan expresiones en toda la potencia de su absoluta diversidad, desde expresiones tan mínimas e inocentes como un apunte al borde de un libro durante una investigación de tesis, o una canción de cuna, hasta el cine de Leni Riefenstahl. Es en esta zona donde la mayoría de los agentes culturales pueden cobrar por su ejercicio profesional dentro del sistema económico actual. Pero cabe siempre asumir el compromiso de la visión crítica, para desvelar y exponer aquellos programas que busquen la manipulación de las sociedades en favor de un destino nefasto.

El continuum es un sistema dinámico, puede cambiar en cualquier momento. Podría parecer que con las características mencionadas es una escala lineal, sin embargo, lo imagino como un tejido de múltiples dimensiones, similar a los juegos de limadura de hierro magnético suspendida en líquido a merced de un imán; incluso como aquellos diagramas multipolares del campo magnético del Sol, donde cada llamarada fuera la concentración de las potencias específicas de un territorio de manifestaciones transformadoras.

Cada expresión puede circular por el entramado. En un área u otra existen formas de actualización con sus particularidades. No depende únicamente del agente de creación sino de la máquina social. Indistintamente, sea o no programática, deberemos leerla de forma crítica, tratar de decodificar su lenguaje, escuchar su llamado racional, sensible o emotivo, preguntarle por sus intereses y asumir nuestras reacciones enteramente. De aquellas interpretaciones surgen los insumos para construir o derrocar los sistemas portantes de la conectividad.

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