Buscar el silencio

El exceso cotidiano de sonidos enmascara la libertad.

Existen encuentros inesperados en las situaciones más inverosímiles. El mío, durante un nuevo ciclo de cuarentenas obligatorias en el sector donde vivo, me hizo redescubrir un fenómeno que, aunque ya había vivido, por las condiciones emocionales de inicios de la emergencia no pude apreciar.

Las restricciones de las actividades de los últimos tiempos imponen barreras a cualquier agencia social. Las manos quedan atadas ante la escasez de recursos y la angustia retoña. Resignado al confinamiento, con la aceptación de la impotencia digerida, es más fácil atender a la cotidianidad. Al alcance solo queda enfrentar el desasosiego y procurar asimilar la transformación del entorno. De esta forma, la ilusión del horror vacui abandona el aire y deja espacio para la vida cruda y duradera.

Pasada la agitación de un diciembre cualquiera los nuevos años quedan sumergidos en un estatismo de impaciencia, de confusión sorda ante el acomodo de la expectativa con la realidad. El 2020 entero fue un enero de dudas, roto por el cansancio. Solo sus últimos días reflejaron algo de esperanza imprudente por la nostalgia de las fiestas pasadas.

Las autoridades locales decidieron volver a cuarentena y de repente el hormigueo urbano se detuvo de nuevo. Pero esta vez era diferente a lo presenciado hace diez meses. Esta vez era posible asumir con mayor consciencia la coyuntura. A fuerza de costumbre el duelo ha sido actualizado.

De un momento para otro, despojado del velo de la incertidumbre, pude notar el cambio del ritmo y la dinámica del sonido de la ciudad. Los martillos, sierras y motores de la expansión de la infraestructura ya no enmascararon más al viento, el agua y las aves. De hecho, ha sido durante el confinamiento que he descubierto ranas y grillos vecinos, jamás pensé poder escucharlos en la Bogotá fría, contaminada y superpoblada.

De la quietud surgió el silencio, pero ya no era más incómodo, ya no era necesario tratar de llenarlo con angustia. Aquí llegó el descubrimiento de la profundidad del silencio.

En mis experiencias previas, mucho antes de que la pandemia sacudiera la vida, he notado la importancia del silencio. La primera fue durante mi formación musical en el momento en el que noté que la materialidad del sonido dependía en gran medida del vacío. El silencio logra articular los ritmos y las dinámicas, le da espacialidad a la música y permite que respire. El silencio en la música le otorga el cuerpo, la humanidad y el marco de referencia necesario para percibirla ordenada.

La segunda, relacionada con la anterior, pero con una visión un poco más madura, fue el encuentro con 4:33 de John Cage. Escuchar conscientemente el silencio de una sala de conciertos revela el sonido de la vida.

El tercer momento fue estudiando artes. Tenía una maestra que nos pedía silencio a la hora de amasar y modelar arcilla para poder entablar un diálogo con la materia. En su momento parecía una idea hippie, sin embargo, es en el silencio donde el signo de la materia se manifiesta ante una mirada hasta ese instante sorda. Todo el lenguaje matérico revela su riqueza para que la intuición provoque el gesto háptico y visual.

En estos recuerdos y en el silencio de este momento es posible apreciar un convoy de sensaciones y pensamientos. El silencio contemplativo no requiere de una cámara anecóica porque no pretende negar la vida que existe en el sonido de los cuerpos circundantes.

El silencio contemplativo permite entrar en contacto con toda corporalidad, con la materialidad de la carne y la profundidad del pensamiento errante. En esa pausa encarna la consciencia de los cuerpos, de la individualidad en relación con un aparente afuera. Despliega el significado de la libertad y nos permite sustraernos de un ecosistema de distracciones para así recuperar nuestra atención del secuestro contemporáneo.

Este silencio imposible manifiesta la vitalidad del mundo. El sonido del espacio, el sonido del cuerpo, el tinnitus, la respiración con sus ruidos producidos por vellos y tractos, el flujo sanguíneo con el pulso de ruido blanco, el sonido de la saliva y las vísceras, el crujir de un tendón frotando un hueso en un movimiento de articulación. Contemplar la vibración del cuerpo conduce a la aceptación del presente.

El silencio duradero abre espacio al pensamiento. De la misma forma en la que el sonido de las avenidas cercanas detenidas abría el concierto nocturno de los grillos de mi barrio, la contemplación del silencio es la obertura de un rodeo: “La propia melodía es un rodeo. Sólo lo monótono es directo. El pensamiento también se distingue por una melodía. El pensamiento que carece de todo rodeo se reduce a un calcular”. (Byung-Chul Han, El Aroma del tiempo).

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