Sobre el confinamiento cultural: una reflexión sobre el agenciamiento cultural colombiano

En época de pandemia, hay que aprovechar el tiempo para hacer una revisión introspectiva de nuestro quehacer como agentes culturales. Este artículo explora la idea del confinamiento cultural como una situación común en el campo de la cultura colombiana.

Es inevitable que mucho de lo que hagamos este año esté atravesado por el Coronavirus de una u otra forma. Bien porque nos afectara directa o indirectamente –el bolsillo, el corazón o los alveolos cubiertos de cigarrillo–, porque la paranoia se hiciera parte de nuestros nuevos rituales, o simplemente porque este virus sea el top trending en todos los medios de comunicación a la mano. La verdad es que esta pandemia ha tocado cada una de las fibras en nuestra cotidianidad y ahora debemos convivir con esta nueva realidad.

Este artículo no escapa a esta tendencia… es más, espera recuperarse de ella lo más pronto posible. Pero antes de caer en aglomeraciones de pensamientos auto-destructivos, prefiero aprovechar este texto para redirigir una idea que he masticado hace ya un tiempo. Tal vez al compartirla con ustedes, lectores y lectoras fortuitas, puedan ayudarme a reajustarla y sacar provecho a esta plaga para poner en diálogo esta perspectiva.

En 1972, Robert Smithson escribió “Confinamiento cultural” como respuesta a la invitación a participar en el Documenta 5 en Kassel, Alemania1. En este breve manifiesto, Smithson ataca los principios metafísicos2 que sometían a los artistas y sus proyectos a una prisión cultural, un confinamiento en categorías fraudulentas desconectadas del mundo exterior. A grandes rasgos, esta respuesta era un llamado a desembarazarse de la institución del cubo blanco a favor de “una dialéctica de la naturaleza con las contradicciones físicas inherentes a las fuerzas naturales tal y como son”.

Habría mucho que aprovechar de este manifiesto, pero me gustaría centrarme en re-interpretar la idea de la prisión cultural para darle un nuevo color en el contexto colombiano. Por eso me arriesgo a pensar esta prisión no solo en los términos de artistas (productores) y obras de arte (proyectos) vigiladas por curadores-vigilantes, sino también teniendo en cuenta un nuevo matiz a esta prisión: el mito del artista de buhardilla sumido en su individualidad. 

Esto parecerá un prejuicio de mi parte, pero considero que el hecho de que John Fitzgerald3 y su performance obtuviera más atención estatal que el pliego de peticiones de la Mesa Amplia por el Arte y la Cultura4 dice mucho sobre la posible vigencia de este mito en nuestra comunidad. Parece que, en el imaginario de muchas personas, los agentes culturales5 son personajes confinados en un trabajo ajeno a los vericuetos de otros como ellos y ellas. O tal vez, en el mejor de los casos, catalogados como idealistas con exigencias desproporcionadas y profundamente metafísicas.

Este mito también podría parecer un prejuicio siendo evidente que hay quienes trabajan constantemente por insertar sus redes de trabajo en el campo cultural. Ejemplos sonados y muy recientes en el campo de las artes plásticas6 son el proyecto Atendido por sus propietarios7 o el rempuje de la Asociación de Galerías de Arte Colombianas – AGAC con el proyecto Archipiélago8. Desde los productores independientes hasta el mismísimo cubo blanco se adaptan y organizan para mantenerse a flote en sus respectivos contextos profesionales.

El problema es que este tipo de iniciativas no es algo común dentro del medio de las artes plásticas. Si lo fuera, las diferentes asociaciones de trabajadores culturales tendrían mayor fuerza social a la hora de posicionar sus exigencias ante el gobierno nacional. Si fuera común la organización en el sector de la cultura, este campo tendría un marco jurídico e institucional capaz de solventar (así sea de forma contingente) la precarización e invisibilización de su labor en la sociedad.

Ahora, probablemente se estarán preguntando a qué precarización e invisibilización me estoy refiriendo. Con respecto a lo primero, respondería a su sana suspicacia hablándoles de la precarización que encontramos cuando se les propone a los agente culturales trabajar a cambio de visibilidad, pagar por exponer los diferentes proyectos de quienes comienzan en el medio o cuando estos agentes pierden el control de sus trabajos (en el caso de los productores) y terminan siendo robados descaradamente por galeristas inescrupulosos9. No existen herramientas claras y concretas que atiendan a estas problemáticas más que las precauciones que adquiere cada agente con el paso del tiempo. 

También podría referirme a la precarización generada en el ámbito de ciertas convocatorias nacionales y distritales. Dos ejemplos particulares de esto son Fernando Cruz y Felipe Lozano, quienes esta cuarentena lidiaron con malas prácticas institucionales que atentan contra la dignidad del trabajo de los agentes culturales –y claramente, contra la credibilidad institucional: Al primero, cuando muy cortésmente lo invitaron a renunciar a su trabajo como jurado de convocatorias (un vete a la mierda institucional)10; al segundo, cuando debió entutelar para exigir respuestas claras y acciones correctivas ante una serie de irregularidades en la apertura y cierre de la convocatoria “Becas de Creación para Jóvenes Artistas”11.

Y con respecto a lo segundo, debemos recordar que la escena artística y cultural no está limitada a las personalidades que pululan en los centros urbano-artísticos colombianos. Son los agentes anónimos y periféricos (recién egresados de diversos campos disciplinares, productores y gestores emergentes regionales, etc.), agentes culturales sin suficiente capital social, económico o cultural para promover adecuadamente sus proyectos, quienes hacen parte del grueso de esa escena y que yacen confinados en el agenciamiento solitario de sus proyectos. Un agenciamiento desconectado de otros agentes y proyectos dentro del contexto colombiano o conectado vagamente a círculos endogámicos de generación cultural.

Cabe señalar que frente a esta desconexión hay una responsabilidad compartida, pues las redes de trabajo deben hilarse tanto por parte de los agentes culturales como por parte de las instituciones encargadas de promover, defender, divulgar y apoyar el desarrollo de las actividades culturales y creativas del país. La cuestión diferenciadora entre ambos es que estas instituciones (predominantemente estatales) son quienes tienen un mayor compromiso al construir una robusta red de trabajo alrededor de la cultura. La misionalidad a la que se ven sometidas y su amplia capacidad humana, jurídica, económica y mediática son las condiciones que responsabilizan a las instituciones como garantes de la constitución de esta red de trabajo cultural12.

No estoy seguro de que Smithson estaría de acuerdo con que exista el mito del artista de buhardilla (probablemente diría que sus ideas son más propias de ciertos procesos de significación de la esfera artística y no necesariamente excluyen el trabajo colectivo como parte de sus procesos creativos). También es inevitable pensar que este mito también podría ser una categoría fraudulenta al ser un intento por capturar una realidad nacional fuera de las competencias cognitivas de cualquier ser humano. Por estas razones no negaré el carácter hermenéutico de este artículo y tampoco negaré la posibilidad de que este texto es una perspectiva que debería ser puesta en consideración colectiva.

Quiero recalcar en esto último: Prejuicio o no, esta idea debe someterse a la esfera pública para su confrontación con la experiencia de todos los agentes culturales alcanzados por estas palabras. Es decir, hay que examinar esta idea a la luz de las contradicciones inherentes que surgen en las necesidades y posibilidades de cada espacio artístico y cultural en el país. ¿Acaso el imaginario de “artista de buhardilla” ha configurado el rol de algunos agentes culturales o la relación con su contexto? ¿Existe una precarización e invisibilización de la labor cultural en parte alimentados por un actuar –o un “inactuar”– apolítico? ¿Es verdad que estamos en un confinamiento cultural ocasionado por una individualización que nos aleja de la realidad de otros y otras como nosotros y nosotras?

Dejo esta idea para su reajuste colectivo e invito a todos y todas las que llegaron hasta el final a que compartan sus experiencias alrededor de su quehacer artístico y cultural. Puede que esta idea sirva para motivar algunas reflexiones o reacciones que nos permitan ampliar los espacios de discusión sobre nuestras redes de trabajo. Espacios que permitan tejer nuestras redes de trabajo con la fortaleza de la seda de una araña y con la amplitud del rizoma oculto bajo la tierra a nuestros pies.

Notas al pie:
1. Hay una versión en español de este manifiesto en la revista Errata #7: Creación colectiva y prácticas colaborativas, pp. 78 – 81
2. Este término puede ser muy problemático si no es puntualizado adecuadamente. Para evitar ambigüedades poco prácticas, usaré este término para referirme a una idea o concepción que solo se encuentra en el plano de las abstracciones (el mundo de la ideas, si se quiere). Al no ser claro por parte de Smithson en qué sentido se está usando este término, sugiero a los y las lectoras de este texto que tomen este concepto con pinzas.
3. https://conexioncapital.co/mincultura-se-pronuncia-sobre-la-protesta-del-artista-john-fitzgerald/https://www.elespectador.com/noticias/cultura/criticas-a-la-protesta-de-john-fitzgerald-el-artista-que-se-cosio-la-boca-para-protestar/
4. http://liberatorio.org/?p=9877
5. Aquí realizo una inferencia del término “agente” siguiendo la conceptualización de Oriol Fontdevila en su libro “El Arte de la mediación” –de la editorial Consonni– sobre el agenciamiento, ya que este autor no es explícito al definir lo que es un agente en su teoría. Si la agencia es “la capacidad que tiene un actor para tomar decisiones en un entorno determinado” (pp. 43), entonces el agente es el actor que toma esas decisiones. Este es el sujeto que tiene “poder de actuación” y tiene la capacidad de adaptarse y resistir ante las condiciones de vida dadas (cf. pp. 44).
6. Por mi formación y experiencia tiendo a concentrarme mucho sobre esta área de la cultura. Aún así es importante reconocer que otros gremios como el de las artes escénicas (música, teatro y danza) y audiovisuales tienen un destacable historial de organización y sindicalización en nuestro país, fruto de la naturaleza eminentemente colectiva de su trabajo. Que esta anotación sea una deuda con ustedes para investigar a futuro.
7. https://atendidoporsuspropietarios.art/about
8. https://archipielago.art-room.co/login/https://adorno-liberia.com/Archipielago
9. Recomiendo el siguiente link para empaparse un poco de esta situación: https://www.youtube.com/watch?v=kpnnS6sSZwc
10. https://reemplaz0.org/como-obtener-explicaciones-por-parte-del-idpc-cuando-te-sugireren-renunciar-a-tu-trabajo/https://reemplaz0.org/defenderse-sirve-3-disculpa-del-idpc-a-fernando-cruz/
11. https://reemplaz0.org/como-ganarle-una-tutela-al-ministerio-de-cultura/
12. Si me permiten arrojarles una idea, pienso que hay que entender al Estado como una herramienta destinada a cumplir con diferentes tareas en al ámbito humano, y como toda herramienta, esta se somete a las contradicciones físicas inherentes a la naturaleza humana que la hace falible en su ejercicio instrumental. Por eso no hay que esperar un funcionamiento perfecto de estas instituciones, sino más bien intentar encontrar las mejores formas para ejercer control sobre ellas desde nuestro quehacer como agentes culturales.

Sobre el autor:

Dartes Derlohen (David Andrés Jiménez): Artista con ínfulas de filósofo. Filósofo que añora ser artista. Artista plástico y actualmente estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como mediador artístico en instituciones culturales, como tallerista y docente voluntario en la ciudad de Bogotá D.C. A veces sube cosas interesantes a su Instragram.

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