Lo que quiero para el futuro de los videojuegos

Por estas semanas han llegado al mercado las videoconsolas de la novena generación: PlayStation 5 y Xbox One X (y su versión de bajo costo, Xbox One S). Hace tiempo escribí un texto en la web del medio Aporte Sur donde explicaba que, mientras la comunidad ponía sus ojos en los avances tecnológicos de estos nuevos y costosos aparatos, a mí me parecía que la industria debía tomar un receso y mirarse desde las orillas y hacia dentro tanto como fuese posible. Que estamos perdiendo de vista lo que hace videojuego a un videojuego y estamos siendo permisivos con fetiches globalizantes.

¿Por qué? Bueno, resulta que, en su mayoría, esta industria –y por industria me refiero a todos quienes hacen parte de su cadena de producción, desde los que producen juegos, aparatos y periféricos hasta quienes juegan, compran, reseñan y transmiten en vivo– no entiende al videojuego.

Y no lo digo desde la pretensión de ser quien más sabe de ello, ni quien más ha jugado o quien posee la mayor habilidad para lo lúdico-digital, no pretendo ser ni parecer nada de eso, pues no lo soy. Lo digo desde la perspectiva de un grupo de personas –me incluyo– que, desde hace tiempo y con un esmero que se ha visto acompasado por el mismo cansancio, venimos denunciando que hay un montón de trabajo que hacer en un medio de expresión al cual se le están irrespetando y obcecando sus atributos simbólicos en pro de hacer que sea “el número uno del entretenimiento”.

En esta disertación es mi intención entonces numerar, a manera de carta al niño Dios, lo que yo quiero para el futuro del videojuego, que cada vez veo más ensombrecido por malsanas intenciones, infantilización pueril y el siempre destructivo patriarcado que ya conocemos.

Primero que todo, quiero que empecemos a discutir con la frente en alto sobre las capacidades expresivas del videojuego. Ojo, no es poner en tela de juicio su existencia sino, ya sabiéndola cierta, explorar sus posibilidades y comenzar a hablar más desde la estética que desde pretensiones tecnificistas. No es volver a la ya harta discusión de si el videojuego es o no arte, que toca dejar atrás y comenzar a tomarnos como bandera el “sí es arte” y por ello queremos asequibilidad, accesibilidad y políticas públicas.

Ni siquiera en los países más “desarrollados” hay elaboraciones suficientes al respecto. No nos hemos hecho lo suficiente las preguntas ¿Qué pasa con la conservación de los videojuegos como patrimonio? ¿No deberían estar los precios regulados respecto al costo de vida de los países? ¿Existen políticas para crear salas comunitarias de juego? ¿Hasta qué punto está bien que existan tantos soportes diferentes con juegos exclusivos y que encima compitan entre sí? ¿Los videojuegos que son deportes electrónicos no deberían tener incentivos al igual que los deportes tradicionales? ¿Sí se está hablando lo suficiente de esto en la academia? ¿Y en los medios? Entre otras muchas.

Mi segunda petición es que el videojuego abandone de una vez por todas sus pretensiones burdas de parecerse a otras artes. Resulta que, en una industria del entretenimiento Hollywood-centrista globalizada se nos metió a la cabeza a los videojugadores que el fotorealismo y lo cinematográfico son el camino a seguir. Burda mentira que nos hemos creído, pues el videojuego es un medio al que no le sirve de nada lo uno y que no puede estar más lejos de lo otro ¿Quién nos hizo tanto daño para creer que ese es el estándar a seguir?

No hemos comprendido que la carga visual aporta a un juego en tanto es coherente con lo que hacemos con el control, no porque nos haga botar la baba porque “miren qué realista y qué bonito y costoso es todo”. Me atrevo a decir que se puede prescindir de esa carga visual, tan ligada al espectáculo del cine gringo, pues existen audiojuegos que no poseen gráficos. ¿No era Pong, el más clásico de los clásicos, un juego sobre mover dos barras blancas para golpear una pelota en un fondo negro? ¿No es Tetris, el único videojuego que considero perfecto o cercano a ello, un juego sobre simetría, geometría y reflejos? ¿Qué tienen que ver todas esas cosas con resoluciones 4K, ray tracing y yo no sé cuánta sandez de la que sí se habla todo el tiempo?

El videojuego debería centrarse en hablar desde su lenguaje único: el de las propiedades físicas y la arquitectura maleable, el de los deportes imposibles y la toma de decisiones, el del arte de la guerra y la danza con sentido sobre un espacio curado. El que no pueden replicar el cine, la literatura, la música o la poesía.

Mi tercer pedido es que el videojuego deseche sus ansias “apolíticas”, que no son más que imposibilidades y tonterías y nadería expresadas en discusiones absurdas sobre el sexo de un avatar o el desarrollo de una misión cualquiera. Ese asco que ciertos desarrolladores (y jugadores) le tienen a expresar una visión polémica por medio de la lúdica no tiene pies ni cabeza, pues lo apolítico no existe. Colocar a un jugador en la piel de un soldado en la primera guerra mundial ya tiene en sí una carga política gigantesca, por dar solo un ejemplo.

Pero más allá de las temáticas de los videojuegos y sus implicaciones, el Videojugador se ha querido negar rotundamente a aceptar lo innegable dados ya tantos años de estudios y casos: la comunidad “gamer” es un espacio lleno de misoginia, clasismo, racismo y toda clase de discriminación imaginable. Más aún, al Videojugador del común más allá de parecerle esto incómodo o despertarle indiferencia, parece despertarle cierta satisfacción de que estos sean obstáculos para que otros disfruten de lo lúdico digital. Ese no es mi caso, por supuesto, a mí me interesa que esta comunidad posea espacios seguros para todos, pero para eso hace falta reconocer el desastre que es.

Mi cuarta petición la elevo en contra de dos plagas que nos invaden hace un buen tiempo y que el sentido común debería impulsarnos a todos el ir contra ellas, pero no ha sido así: el síndrome del remake y la secuelitis. No entiendo el afán por tomar clásicos y hacer versiones supuestamente mejores (que no lo son) con mejores resoluciones y más detalle geométrico y efectos y más maquillaje inservible. Curioso es que los “gamers” quieran colocar este medio a la altura de otros medios de expresión o artes, pero no recuerdo yo a la primera persona que haya pedido remasterizar las obras de Beethoven, Van Gogh o Platón…

Más aún, es infructuosa esa insistencia que tiene este medio por las secuelas. Más contenido, más niveles, más opciones de juego, más… más de lo mismo, toca decirlo. A mí me interesa que se hagan nuevas propuestas siempre que sea posible y que haya avances en materia de accesibilidad cuando salgan nuevas versiones de un juego y que haya preocupación por la conservación de los originales cuando queramos mirar al pasado.

Por último, elevo mis plegarias porque esta comunidad encuentre luz en reconocer la labor crítica. Realmente crítica. No la de los medios masivos de videojuegos que reseñan al por mayor y colocan dieces a todo juego “AAA” que salga, sino de la verdadera labor crítica que está relegada a unas pocas voces que, tristemente, están hartas del odio que los tiene orillados en el olvido. Muchos incluso tiraron la toalla y dejaron a un lado la pluma por su salud mental y por no poder vivir de ello.

Esto no se trata de reconocer al videojuego como un medio “especial y único” o superior a otros medios de expresión, sino de sentipensar una realidad social a partir de sus particularidades. Mientras no sepamos reconocer el valor del mismo por lo que es, mientras se sigan teniendo pretensiones cinematográficas y se permita a la gran industria hacer y deshacer sin que existan políticas que regulen sus daños, mientras no queramos poner el dedo en la llaga y reconocer lo que está podrido dentro de esta comunidad, seguiremos condenados a la mediocridad mercantil.

Pongámonos manos a la obra, pues eso es lo que quiero para el futuro de los videojuegos.

Sobre el autor:

Mi nombre es Juan Camilo Cardozo Burgos, aunque quienes me conocen me dicen Cardo. Nací en Palmira, Valle del Cauca en el 98 y desde entonces me he dedicado a soñarme el mundo de a poquitos. Desde niño he tenido interés por las artes, he tocado varios instrumentos, dibujado, cantado y –por supuesto– escrito.

Estudio Gestión Cultural y Comunicativa en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales y estoy próximo a graduarme. Desde esa institución participé en su día en el montaje del Gestival Cultural 2018 desde el comité de comunicaciones y en la organización de la exposición itinerante Abre las Puertas de la Memoria del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado – Seccional Caldas.

Desde hace un par de años tengo un blog llamado Las Ideas de Cardo donde escribo sobre videojuegos mayormente, aunque también he hablado de sociedad, música, literatura y he colocado allí uno que otro trabajo académico; me sirvo además de un canal de YouTube donde hablo también de lo lúdico digital. También hago parte del medio independiente argentino Aporte Sur, donde he escrito notas de opinión, noticias y reseñas de videojuegos.

Pese a que mi enfoque son los videojuegos, soy consciente de que el conocimiento humano es uno solo y que se puede hallar belleza en casi que toda disciplina; siempre hay algo por aprender, repensar o crear y estoy dispuesto a aprovechar cada oportunidad para actuar al respecto.

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