Pensar el elitismo cultural

Es común que desde un nicho generado a partir de ciertas expresiones culturales se tenga una visión bastante negativa de otro tipo de expresiones dirigidas a un público más amplio. En este artículo tendremos una reflexión al respecto.

El artículo de hoy será una reflexión, que surge a partir de preguntas que ya llevan años acompañándome, y que se han transformado durante todo este camino de aprendizaje, encuentros, y procesos de creación en torno a la cultura. Básicamente, consiste en este constante enfrentamiento entre el mainstream y el underground, en el que ambos mundos se rechazan y se excluyen mutuamente.

Una fase de la vida en la que muchos hemos experimentado este conflicto de “ambientes culturales” ha sido la adolescencia. Este momento de la vida suele caracterizarse por la búsqueda de una identidad individual, y la cultura suele ser ese campo en el que buscamos un nuevo interés. Así, suele pasar para muchas personas, que al encontrar un género de música desconocido y atractivo, se recibe mucho rechazo por parte de una comunidad ya establecida al empezar a demostrar este interés. Y este rechazo suele estar basado en juzgar la autenticidad del interés de esta persona “nueva”. 

Este tipo de comportamiento existe también a un nivel mucho mayor y más complejo, entre las expresiones culturales “de nicho” y la cultura de masas. Entre las comunidades generadas a partir de un nicho muy específico o exclusivo,suele en muchos casos rechazarse enfáticamente cualquier producto cultural creado para el mainstream, por una gran variedad de razones, por ejemplo, por falta de contenido intelectual.

De aquí surge también una serie de preguntas y experiencias sobre lo que deberíamos consumir o no, o qué nos debería gustar, en especial como agentes culturales. Tendemos a asociarnos a ese estereotipo elitista del intelectual, y si por alguna razón llegásemos a disfrutar de una canción del top 10 de nuestro país, o del más reciente éxito taquillero de Hollywood, sería un gusto culposo que nos avergüenza admitir. Con esto, nos adherimos aún más al estereotipo, pues claramente queremos que nuestras opiniones sobre nuestro medio sean tomadas en cuenta por nuestros colegas y nuestras audiencias, y dentro de esta concepción elitista de la cultura, no se toma tan en serio a alguien que prefiere escuchar a Bruno Mars antes que a Stravinsky. Mainstream o no, ¿qué tendrían de malo nuestros gustos?

Además de los productos culturales masivos o populares, podemos ver que otros productos culturales que durante mucho tiempo han sido considerados “poco serios”, han sido los que están dirigidos a niños y jóvenes. Y, en realidad, esta es una concepción bastante alejada de la realidad. De hecho, muchos artistas y gestores culturales consideran que hacer teatro, literatura, televisión, etc., para niños y jóvenes es una tarea mucho más complicada y exigente. Esto, en gran medida, se debe a una motivación por considerar y estimular el criterio del público infantil y juvenil, en vez de caer en el concepto perezoso de que como un niño no tiene el mismo nivel de comprensión de un adulto, las expresiones culturales dirigidas a ellos carecen de profundidad, desarrollo, y habilidad técnica. 

Volviendo al problema original, existe una manera de abordar ambos ambientes y los productos asociados a ellos, con rigurosidad y dejando de lado la mirada elitista: los estudios culturales. Esta disciplina surge después de la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña, y considera conceptos de disciplinas como la psicología, sociología, antropología, y demás, pues se encarga de estudiar, entre muchas otras cuestiones, el comportamiento y el significado de las manifestaciones culturales en la sociedad. De hecho, numerosas investigaciones de estudios culturales han tratado exclusivamente el tema de la cultura de masas.

Dentro de este campo investigativo, Stuart Hall (teórico cultural y sociólogo jamaiquino) publicó en 1973 un artículo titulado “Encoding and decoding in the television discourse”, en el que propone tres posturas que como audiencia podemos darle a un producto cultural. La primera es una lectura dominante, en la que interpretamos el mensaje que nos da el producto dentro de los códigos establecidos por el medio emisor, es decir, lo más cercano a una comunicación clara y transparente. Luego tenemos una lectura negociada, en la que podemos entender un mensaje y a la vez le agregamos los nuestros propios. Y por último, está una lectura oposicional, que como su nombre lo indica, se refiere a cuando interpretamos un mensaje y estamos en total desacuerdo con este. Según Hall, la más común de estas tres es la lectura negociada.

Lo dicho por Hall tiene sentido cuando revisamos este fenómeno de elitismo cultural a través del tiempo. El momento en el que se produce por primera vez un mensaje no suele corresponder con el momento en el que lo recibimos (por ejemplo, cuando en el año 2020 vemos una película producida en 1990), y esto ha influido en cómo se interpretan los productos culturales a través de los años. Por un lado, la lectura negociada sucede cuando desde nuestra actualidad interpretamos los hechos y mensajes de un producto cultural que refleja un paradigma de una época anterior, por ejemplo, cuando vemos una telenovela latinoamericana de los años 90. Y por otro lado, este significado que podamos darle actualmente a un producto cultural a nivel social o intelectual, no será el mismo que se le dio en su época de producción original: una obra musical que hoy sea considerada de excelente gusto y un deleite totalmente exclusivo pudo haber recibido una reacción totalmente opuesta en su época original de producción.

Considero en este punto que el conocimiento sobre los procesos culturales, sobre los productos que consumimos, y una lectura consciente y no elitista de ellos podría llevarnos a una mejor comprensión de un paradigma general de la cultura. Además, como audiencia, este punto de vista sobre la cultura sirve para que podamos acercarnos a ella de una forma más auténtica, desde el disfrute, y sin ningún tipo de vergüenza. 

Cierro este artículo con una invitación a compartir más y a juzgar menos. También puede ser hora de aprovechar nuestra curiosidad humana natural para pensar en diferentes perspectivas, abrirnos y considerar muchas otras posibles dinámicas culturales diferentes a las que nos hemos acostumbrado a idealizar.

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