El arte de hacer menos

En momentos de hiper-productividad, atención y preocupación constante, recurrimos a ejemplos del arte y las letras para reflexionar sobre cómo no desgastarnos.

Para llegar de una manera más comprensible al tema central de este artículo, empezaré por una reflexión personal, cosa que no suelo hacer para mis artículos, pero ya que viene al caso, de ahí partiremos.

Para nadie es un secreto que estos tiempos son, por lo menos, interesantes, como dicen por ahí. Y por lo menos en mi caso, las situaciones particulares que he vivido en este contexto del aislamiento han sido una oportunidad de pensar desde otro lugar, por decirlo así. Al principio, me enfrenté a la situación con la mentalidad de que mantener la mente y el cuerpo ocupados me haría permanecer en calma, pues en otros momentos esta actitud había sido la solución. Y de esa forma fue que construí un estricto horario diario de actividades, en los que combinaría el trabajo en mis proyectos, mi estudio personal, aprender cosas nuevas, y tendría tiempo para relajarme. Pues lo que sucedió fue que no lo soporté ni una semana. Y no entendía por qué, si estaba haciendo lo que ya sabía que funcionaba.

Hasta que en un momento caí en cuenta: los intentos de incrementar mi productividad al triple no me permitían comprender la situación que enfrenta el mundo hoy en día, de hecho, me alejaban cada vez más de hacerlo. Era necesario detenerse. Sólo así iba a ser capaz de darme cuenta de que estamos en una situación tanto desconocida como impredecible. Y no iba a ser posible comprenderlo siguiendo un horario en el que no había ningún espacio para detenerse, y en el que incluso una actividad relajante se contabilizaba estrictamente. 

A esto, además, hay que sumarle la sobreoferta cultural que ha surgido últimamente. Museos online, clases gratis, conciertos en streaming, cursos, libros, películas, conversatorios, y un larguísimo etcétera de actividades culturales estaban súbitamente al alcance de todos. El mensaje que por lo menos yo recibí, era que era una maravillosa idea aprovechar el tiempo en cuarentena para hacer literalmente todo: lo que no habíamos hecho, lo que queríamos hacer, y lo que normalmente hacíamos. Incluso, en Alterciclo, publicamos una serie de actividades online recomendadas para estos días. Entonces, ya empezando a plantearme la opción de cambiar la forma de enfrentar la situación, una de las preguntas que se me ocurrieron fue: ¿y qué pasa si no hacemos nada? 

El hecho de no hacer nada es inquietante para la vida de hoy. La artista finlandesa Pilvi Takala, en su performance “The Trainee” simuló ser una pasante en una compañía, y desconcertó a todos al no realizar acción visible alguna, por ejemplo, solo permaneciendo sentada en su escritorio o en el ascensor. Este comportamiento llegó a ser tan perturbador para el ambiente de trabajo, que incluso fue causa de varios reportes. Esto nos lo cuenta la artista Jenny Odell en su libro “How to do Nothing”. En este libro, Odell hace una serie de reflexiones sobre la economía de la atención, y de los ejercicios que ella misma ha puesto en práctica para resistirse a ella, y todos apuntan a detenerse y contemplar. Contemplar, y de esa forma salirse un poco de mensajes infinitos en medios digitales, promociones de cuarentena, los diez libros que debes leer, las clases que debes tomar, la receta de pan que debes aprender a hacer, y los mensajes “motivadores” que dicen que si no sales del confinamiento con x metas logradas, no te faltó tiempo sino disciplina.  

Esto nos lleva a otro referente, “La sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han. Uno de los planteamientos principales es el exceso de positividad, que deriva de un cambio de paradigma entre una sociedad de control a una sociedad de rendimiento. Estamos en la era del “todo es posible”, en la que se premia la sobre-productividad, y en la que somos a la vez víctima y victimario al autoexplotarnos por nuestras metas mientras pensamos que hacemos lo correcto. Byung-Chul Han llega a soluciones muy similares a las de Jenny Odell, que consisten en hacer cambios en cómo disponemos y a qué prestamos nuestra atención, a favor de generar la contemplación, así haya que enfrentarse a ese aterrador “no hacer nada”.   

En el arte y su historia, podemos aprovechar para hacer referencia al minimalismo, corriente que influenció las artes visuales, la arquitectura, la música, entre otras, en los años 60 y 70, y que hoy en día adopta algunos de sus elementos principales como parte de un estilo de vida. Una de sus características es la reducción a lo esencial. También es común usar las repeticiones de patrones. Un ejemplo de cómo se ve esto es esta obra de Frank Stella.

O, en esta obra de Philip Glass, donde un elemento principal (un patrón rítmico) se mantiene durante toda la pieza.

Las repeticiones constantes (y a veces prolongadas en el tiempo), en especial en la música minimalista, pueden generar en el oyente una sensación de relajación, un estado meditativo que propicia la actitud contemplativa que ya se ha mencionado. No es casualidad que el minimalismo (en especial el arquitectónico) conecte tan bien con filosofías orientales como el zen. 

El minimalismo como un estilo de vida nos anima a vivir únicamente con lo esencial. Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus son los portavoces de este movimiento,con el que animan a las personas a hacer más con menos: plantean que al deshacerse de lo innecesario (en gran medida, posesiones materiales), lo esencial para cada uno será más fácil de ver y de alcanzar. 

Es muy fácil ver por qué tal estilo de vida es incómodo para mucha gente. Por una parte, ataca directamente a un modo de vida en el que siempre se busca tener más, hacer más (sociedad de rendimiento), y al que muchos se han apegado. Y por otra parte, existe una gran incomprensión y resistencia en torno a estos movimientos. Por ejemplo, cuando vemos que estos dos personajes promotores del minimalismo viajan por el mundo llevando todo lo que necesitan en una maleta de mano, y entendemos eso como un imperativo del estilo de vida minimalista. Y de ahí surge el rechazo, cuando en ningún momento existe tal imperativo, pues al vivir según estas ideas, cada quién es libre de decidir qué es lo más esencial, ya sean 5, 50, o 500 posesiones. 

Entonces, a la incomodidad de “no hacer nada”, se une la incomodidad de “no tener nada”, o “tener menos”. Y ambas situaciones son un golpe violento a lo que durante mucho tiempo ha sido lo normal, y precisamente, se han convertido en la realidad de muchos en el marco de esta coyuntura. Cabe resaltar que no todo el mundo en este momento tiene la posibilidad de refugiarse en casa a experimentar qué es no hacer nada. Vale la pena señalar que en esta situación, la desigualdad sale a la luz, y desafortunadamente, los que se ven favorecidos o menos afectados son una marcada minoría. 

Estas nuevas formas en las que estamos llevando el diario vivir ha causado que mucha gente se cuestione la “normalidad” de antes, y llegue a conclusiones que coinciden con las ideas vistas anteriormente. Desde niveles macro, como reevaluar el rol del ser humano en el planeta al ver que muchos ecosistemas se reestablecen, hasta lo más íntimo y personal, como lo que cada uno valora como esencial en su vida. Sin importar qué es lo que estemos cuestionando, lo más posible es que hayamos llegado ahí gracias a tener que enfrentarnos con la nada por un momento.

Y para terminar, respondo a mi propia pregunta, ¿qué pasa si no hacemos nada? Pues, en estos días, ya estaríamos haciendo lo más esencial, que es quedarnos en casa. Es prácticamente el único requerimiento. A partir de ahí, si tenemos la posibilidad, y queremos hacer los mil cursos online, leer toda nuestra biblioteca, iniciar tres nuevos proyectos, tomar clases de yoga, o seguir las recomendaciones online de Alterciclo, es una elección válida de cada uno. De igual forma, si quisiéramos pasar nuestro tiempo libre mirando al infinito, también es una elección válida. La productividad no es una obligación. Recuerden, que si no salimos de cuarentena con todas nuestras metas logradas, hicimos algo más importante: mantenernos a salvo.

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