Cultura, cuerpos y relatos en la crisis

La cultura trasciende el entretenimiento y es fundamental para la supervivencia en los tiempos de la pandemia.

Estamos sujetos a un tiempo que sólo podíamos haber imaginado a partir de ficciones científicas como La Jetée. La singularidad que atravesamos es un cisne negro de amplio vuelo, nada ni nadie podía haberse preparado adecuadamente para semejante coyuntura. Sin dudas, la pandemia de covid-19 es una crisis, y no como aquellas a las que estamos acostumbrados en las artes, que no son sino la institucionalización de la precariedad. El presente es un punto de inflexión que, más allá del fatalismo pesimista con el que puedo sonar, representa un cambio de ritmo en el discurso de la historia. La cultura tiembla con las nuevas agendas.

Entonces, ¿cuáles son los roles de la cultura durante la pandemia?

Lanzar apreciaciones que simplifiquen el impacto de la cultura en la pandemia y de la pandemia en la cultura evidenciaría el desconocimiento de las dinámicas sociales. El sesgo se acrecienta desde una posición privilegiada en la que nos es posible compartir información vía internet y podemos respetar el aislamiento social. La crisis poco a poco comienza a mostrar matices tenebrosos con miras a futuro.

Para comenzar, la cultura puede ser definida por una miríada de metáforas. La cultura es el agua del océano y la sociedad sus peces, la cultura es el sustrato de las relaciones humanas, la cultura son las prácticas que definen las acciones humanas. La cultura es el campo omnipresente de la experiencia vital con todo el crisol afectivo.

Su autodeterminación está sectorizada y depende del terreno que la abone. Aunque sea un sustantivo singular, debe entenderse su multiplicidad característica y extensiva, y es de esta forma que cada población puede enunciar su identidad. No es una masa compacta, es un entramado rizomático de textos, acciones, potencias y omisiones en perpetuo cambio.

Sin embargo, voy a centrarme en una definición específica en este análisis. La cultura es una composición de relatos soportada por un tejido social enfocada en el cuidado de los cuerpos. El modo de acción de la cultura consiste en la vinculación comunitaria a través de unas narrativas que activan, resguardan, transmiten y censuran el conocimiento necesario para que dicha urdimbre social pueda cuidar de sí misma, de sus individuos y de sus relaciones.

En esta historia, la crisis es una actualización de los relatos de la cultura, es un período en el que las potencias sumergidas son realizadas. Inevitablemente nos encontramos con un nuevo paradigma. El presente se ha renovado, la incertidumbre nos impide planear a medio plazo y estamos sujetos a vivir día a día una realidad apabullante y desconocida, pero tangible hasta el hueso.

El desmonte de algunos relatos provoca una transparencia de la realidad. Se hace evidente un sustrato sociopolítico y económico ocultado por los mecanismos de la hegemonía a través de los medios de masas en su ejercicio del poder. Hay que decirlo claro. La cultura trasciende el entretenimiento vacuo. La cultura no es un bien de consumo de una clase acomodada, sino que está enraizada en la cotidianidad de una comunidad heterogénea, compuesta tanto por privilegiados como por vulnerables.

Empero, durante el aislamiento social, la cultura nos es servida como antídoto contra el satanizado aburrimiento. Entra a jugar con la economía de la atención de forma brutal. Invade nuestros cómodos espacios para que evadamos la extrañeza de una rutina absurda. La cultura es un pilar social, y aun así ha sido posible extraer de ella unos productos simbólicos que son puestos en venta para evitarnos el tedio diario.

Mientras tanto, el castillo de naipes de la economía cultural se derrumba en silencio. No sólo los grandes eventos de aglomeraciones como ferias, conciertos masivos, festivales o congresos son pospuestos, los agentes y productores comienzan a tener problemas en sus cuentas. En general, y salvo contadas excepciones, la economía de la cultura se mueve con una contabilidad muy ajustada. Incluso quienes manejan grandes volúmenes de capital tienen problemas ante la suspensión de eventos y comienzan a hacer uso del dinero de los seguros.

Sin embargo, la peor parte la llevan los pequeños agentes culturales que en su mayoría dependen del dinero de proyectos en el marco de estímulos económicos estatales y de fundaciones. Sin públicos es imposible cumplir con los indicadores, sin contacto es imposible ejecutar las acciones y sin recursos se agotan las esperanzas del sector. La cultura inscrita en la economía es un oficio mendicante.

El ajuste que vivimos en el presente ha de ser asumido como un reto creativo, y así lo han entendido miles de instituciones que han volcado sus esfuerzos en internet y ahora ofrecen sus mejores prendas a cambio de cinco segundos de atención. Las estrategias más inocentes sólo quieren contribuir con un grano de arena en el cuidado y el bienestar mental del espectador. Los más aguzados han encontrado en la ocasión una oportunidad perfecta para implementar un plan de markerting digital basado en demostraciones gratuitas buscando la fidelización de un cliente a partir de una experiencia cultural transformada en mercancía barata.

Asimismo, cientos de artistas, músicos, ilustradores, escritores, bailarines, actores, agentes, han transformado sus redes sociales en una ventana indiscreta, vorágine de creación de contenidos. Muy de cerca están aquellos extrovertidos que para evitar el peso insoportable de la propia vida crean videos en Tik Tok y los ponen a circular en distintas plataformas. Instituciones, corporaciones, profesionales y prosumidores conjugan un tsunami cultural que arrasa el paisaje y el ancho de banda.

Cultura y poder son dos manifestaciones de la misma saga de relatos; pero la cultura actúa en un plano horizontal, en asociación, como un rizoma, mientras que el poder es jerárquico, dialéctico y vertical. Cuando la ola saturada de contenidos golpea a un observador desprevenido es el poder y no la cultura el que prevalece, la consumación del corporativismo colonizante se impone frente a la expresión comunicante del agente solitario.

¿Cómo retornamos a la construcción de relatos del cuidado de los cuerpos? En esta crisis más que antes es patente la necesidad de velar por los individuos y colectivos con los que estamos vinculados. El presente propone un cambio de paradigma cultural en el que vemos por la salud mental y emocional, en el que cuidamos del otro a través de acciones en el cuerpo propio, en el que desarrollamos lazos solidarios con un sistema social vulnerable.

Los mejores relatos son escritos por quienes mejor saben escuchar. El reajuste del presente requiere toda la atención disponible. La mayor acción cultural durante una crisis consiste en asumirse agente y adoptar la contemplación activa del mundo a la búsqueda de ese hilo sobre el cuidado de los cuerpos. Sin dudarlo, actuar en consecuencia, haciendo resistencia al poder, a la acción irreflexiva, a la desinformación y a la sumisión.

El tejido social necesita remendarse con responsabilidad. Así será claro que el sector cultural no está conformado solamente por aquellas corporaciones de felicidad enlatada o por agentes que ponen su vida en producir un evento, sino que todos somos parte activa de la cultura en tanto que somos cuidadores de un sistema complejo compuesto por cuerpos sutiles, físicos, sociales y ecológicos. Con esto se alcanzará la democratización del relato, y eventualmente la democratización del poder.

No es fácil vislumbrar los acontecimientos de los próximos meses. La pandemia de covid-19 es un hito poderoso, de aquellos que cuentan con un antes y un después. Asumir la experiencia implica encarar el cambio y tantear en las tinieblas, juntos, simbólicamente de la mano.

Nadie como individuo tiene la respuesta, pero todos como sociedad podemos hacer frente a la adversidad. La masa crítica estará siempre a punto para generar un nuevo presente. El llamado queda en el aire.

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