Música y complejidad

La belleza de la música reside en la intrincada red de sus elementos puestos en tensión con el cuerpo.

La música es una de las expresiones humanas que más convoca. Es un abrazo cálido que reconforta en los momentos de tristeza, un motor sincronizador en la fiesta, una pulsión corporal que brota por los poros y un sistema complejo cuyos intrincados vínculos sonoros sintonizan una potencia animal y cerebral insospechada.

Y es que la música nos acompaña desde el momento en el que notamos una relación entre la vibración y el tiempo. No es necesario sentirla en el oído cuando una tambora de carnaval retiembla en las entrañas; la música, más allá de ser una acumulación de ondas de presión que viajan por el aire, es un entramado de elementos que poseen una constitución que ordena sus relaciones a nivel físico y que inmersas en un contexto cultural, arrojan al mundo una carga simbólica que apela a los afectos de quien escucha.

Jamás una onda sinusoidal por sí sola, estable y eterna a 440 hertz y 40 decibeles, alejada de toda referencia humana, será percibida como música; es un simple elemento desnudo e insípido, pero alterado y puesto en tensión con otros elementos igualmente descarnados, puede desencadenar la creación de música electrónica por síntesis de sonido aditiva, o directamente ser el tono de afinación de un conjunto de decenas de músicos.

Esta característica de la música, de ser una multiplicidad de ingredientes mediáticos y corporales, la convierte en un sistema complejo. El análisis de los componentes por separado de la música es insuficiente a la hora de determinar las formas en las que una tonada nos afecte. Dicho de otro modo, el estudio de los elementos individuales de un sistema complejo limita la comprensión de la totalidad ya que la interacción entre dichos elementos y subsistemas crea fenómenos emergentes, invisibles desde la óptica de las lógicas tradicionales y con un fuerte olor a aleatoriedad.

Acercarnos a los sistemas complejos es un asunto cotidiano: la sociedad y sus circunvoluciones, las redes informáticas, los tejidos que nos recubren y la fauna microscópica que conforma un buen porcentaje de nuestro peso y, en especial, nuestro cerebro y el gran fenómeno emergente que nos hace conocer el mundo, la consciencia. Sin embargo, representar y estudiar cualquiera de dichos sistemas es un reto abismal.

La música posee una condición particular a nivel semiótico donde la presentación, la representación y la interpretación son intercambiables. Al ser al tiempo un sistema complejo, la música es uno de los primeros de dichos sistemas en haber sido representado. El estudio global de la urdimbre musical le permitió a cada cultura desarrollar sus propias identidades sonoras y expandir sus potencias.

Con el surgimiento de la representación musical, inicialmente en los sistemas de notación medievales, la forma en la que los sonidos podían escribirse planteaba nuevas posibilidades de análisis, dando como resultado la evolución de la polifonía y de nuevos vínculos con énfasis en el campo armónico. La exploración de la relación entre sonidos y grafías no se estableció en poco tiempo, y los compositores tuvieron que partir de un sistema de coordenadas preestablecido dentro de la cultura europea para lograr definir unas convenciones adecuadas. El resultado fue el pentagrama, los símbolos musicales y los signos de dinámica que transitan desde la monodia hasta las grandes fugas orquestales.

En tradiciones como la india, los sistemas complejos florecieron alrededor de la técnica instrumental, ligada a la riqueza oral, conectada por supuesto a la cultura religiosa, literaria y poética. En la India, la vibración simpática de los instrumentos de cuerda orientó la consolidación de un carácter musical basado en la microtonalidad, y el sentimiento poético del habla cotidiana y del habla aristocrática sagrada produjo una música rítmicamente compleja, y heredada a través de las migraciones a tradiciones como el flamenco ibérico.

Nada de esto habría sido posible sin la claridad de una matemática musical asentada en la afección humana. Para este punto, nos es relativamente sencillo saber si una melodía puede ser enérgica o melancólica a través de su notación; sin embargo, la experiencia de la música que atraviesa el cuerpo no puede predeterminarse, ya que a nivel personal, los diferentes pretextos y contextos van a cambiar la percepción de la música y por lo tanto, los fenómenos emergentes serán diferentes para cada uno de los oyentes.

Los sistemas de notación no están estancados. Durante la investigación plástico musical del siglo XX las notaciones oníricas de Satie fueron transformándose en complejos mapas trazados por Varese, Xenakis o John Cage. La representación de un sistema complejo es un arma de doble filo, permite su estudio, pero lo agota, del mismo modo en el que los pentagramas de doce notas fueron insuficientes ya en 1930.

La materialización de un sistema complejo, sea música o sea cual sea, contiene una potencia que aflora en los cuerpos a través de la experimentación y que se concreta en el mundo por medio de un acto creativo. Las músicas conjuran rizomas.

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