Keith Haring, crítico y espontáneo

Keith Haring es un ícono: su trabajo literalmente lo era. Siendo uno de los artistas más reconocidos de los años 80 en el contexto norteamericano, escaló a la cima en un tiempo breve y logró instalar su imaginería en la cultura popular. Su estilo de dibujo sigue sintiéndose en áreas como la gráfica, el grafitti o el diseño. A casi treinta años de su muerte, se ha convertido en parte del canon de artistas contemporáneos estadounidenses, al lado de personajes como Andy Warhol o Basquiat. Información sobre su vida y su obra abunda, y sus trazos están impregnados en las retinas de una gran parte de la población por lo que no entraré en este tipo de detalles. Más allá de su éxito internacional como artista en los circuitos comerciales y populares, Keith Haring es un ejemplo popular y práctico de equilibrio entre espontaneidad en la práctica plástica y una robusta carga conceptual.

A grandes rasgos, nació en Pensilvania en 1958 y creció influenciado por la ilustración de Disney, de Dr. Seuss y de su padre aficionado al cómic. Se mudó a los 20 años a Nueva York para estudiar en School of Visual Arts. No le tomó demasiado tiempo para comenzar a exponer, a finales de los años 80 ya había completado más de cien exposiciones individuales alrededor del mundo. La popularidad obtenida con su trabajo lo llevó a establecer su propia fundación de lucha contra el SIDA, que le fue diagnosticado en 1988. Murió en febrero de 1990 por complicaciones asociadas.

Uno de los valores fundamentales que Haring aplicaba a su propio trabajo era el de arte para todos. No se restringió al momento de poner a la disposición de todo tipo de públicos sus dibujos de líneas gruesas, fácilmente reconocibles tanto en el sistema de metro de Nueva York, como en galerías de élite. Como propuesta, Haring alternaba símbolos fácilmente reconocibles en el espacio público, de tal forma que cualquier viandante podía tener un acceso directo a las construcciones conceptuales plasmadas en la superficie de la ciudad.

Durante su paso por School of Visual Arts, Keith Haring comenzó a experimentar con diversos medios, privilegiando constantemente el dibujo que lo había acompañado toda la vida. Sin embargo, fue a través del video y de realizar recorridos urbanos que comenzó a comprender la potencia de la acción viva que suponía intervenir un espacio público dada por el establecimiento de un vínculo con el observador. Para el artista, la finalidad de su propia obra se manifestaba cuando podía generar una reacción en sus espectadores por medio de un código visual.

Para esto, Haring se detuvo en el estudio de la semiótica para refinar la construcción de sentido a través del símbolo. Una gramática visual sencilla y contundente, implicaba una comunicación mucho más directa con los transeúntes, de modo que podía entablar un diálogo cotidiano sobre los temas que le preocupaban personalmente.

Haring, consciente de los espacios urbanos que habitaba, postuló un modelo de apropiación de los ciudadanos sobre los entornos. Influido por la obra de Christo, soñaba con un arte verdaderamente público. Las paredes fueron entonces un transductor de sus propias ideas, y sirvieron de soporte a los planteamientos del creador alrededor de temas sociales tales como el racismo, las políticas de Reagan, el SIDA, la sexualidad o la cultura pop.

Keith instrumentalizó el espacio urbano para convertirse en activista, y ese gesto lo llevó a producir arte.

El estilo de Keith Haring era sorprendentemente seguro. Con líneas firmes y sin titubear un segundo, era capaz de llenar grandes áreas con dibujos a partir de movimientos casi frenéticos. Esta peculiaridad constituía uno de los pilares de la propia obra. A través del video, fue consciente de su cuerpo, por lo que sus intervenciones en espacio público comenzaron a tener un componente performático, que era parte de la constelación de símbolos que el artista usaba para generar reacciones en los observadores.

Esta espontaneidad dada por la velocidad de dibujo deja a las composiciones de Haring en el campo de la improvisación. No hay tiempo para pensar. Todo el cuerpo está dispuesto para que en pocos gestos que constituya una imagen afinada. Y, aun así, los resultados no son descuidados, ni carecen de un trasfondo conceptual nutrido de múltiples referencias.

El trabajo de este artista se ubica en un campo donde la improvisación no niega el contenido conceptual de la obra. Pero este logro no se alcanza de forma gratuita, es sólo a través del estudio tanto de los contenidos como de las técnicas que se alcanza este punto reconfortante. Haring era un estudioso del lenguaje, y no estaba desconectado de las realidades sociales que bullían en el metro de Nueva York. Tampoco dejaba de experimentar con la forma y ejercía una práctica constante y consciente del dibujo.

Keith Haring postuló un trabajo que hace malabarismos entre la crítica social, el activismo, el pensamiento acerca de la ciudad, el movimiento, los cuerpos personales y colectivos, la simbología y la consciencia crítica acompañados de lo que podría llamarse disciplina plástica, demostrando que la profundidad conceptual y la espontaneidad no se pelean.

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