Las buenas prácticas artísticas

No es cuestión de etiqueta ni de moralidad todo lo referente a establecer una buena práctica artística.

Dentro del mundo cultural, existe una serie de relaciones tanto interpersonales, como materiales e incluso económicas que hacen parte del sistema comunitario del que participamos activamente cuando decidimos trabajar este territorio. Estos flujos están concentrados en gran medida en la comunicación y el intercambio de información, y como tal, desvelan la complejidad de cualquier asociación humana.

Más allá de dar una información experta a nivel psicosocial, ya que no es mi campo, me percato de la pertinencia de nombrar algunos escenarios donde es posible estar atentos a nuestras acciones para contribuir en la construcción de un ecosistema cultural y laboral sano. Actuar adecuadamente en nuestras relaciones con el otro y con lo otro es un síntoma inequívoco que traspasa la ya machacada idea de la imagen profesional que deseamos y entra en el campo de la consciencia del mundo. En este sentido, las buenas prácticas artísticas no son reglas para parecer profesional, sino reflexiones que siembro para que nuestras prácticas germinen en terreno fértil.

En este punto, siendo latinoamericanos puede que las primeras palabras que aparezcan sean respeto y responsabilidad. Estos valores tradicionales han acompañado miles de sermones en los que se nos trata de imponer un lugar en la sociedad, sin embargo, cuestionarlos se convierte en problemático sobre todo cuando estas palabras tan repetidas se han vaciado de significado.

La empatía tal vez sea un término mucho más certero ya que pone en tensión nuestra relación con el otro y con lo otro, por lo tanto, garantiza una consciencia en vías de ser plena sobre nuestras interacciones. En otro tanto, el respeto, por ejemplo a la autoridad, al momento de cuestionarse puede dar como resultado una larga cadena de “porquesís” interminable que denota que lo importante es el poder y no las dignidades de seres vivientes.

La empatía como sentimiento y como concepto representa los cimientos de nuestra consciencia por la dignidad de las personas, la labor y la materia. Cuando se aplica en el terreno de la acción, la empatía en su calidad de consciencia puede asimilarse al rigor, no desde una acepción de lo rígido, sino desde la determinación consciente en los procesos que llevamos a cabo. En otras palabras, el rigor es la consciencia aplicada al campo de trabajo y a nuestra cotidianidad. El rigor, en nuestro campo, es un regulador de las disciplinas e indisciplinas culturales.

Mas, es imposible no pensar en levantar muros que definan nuestros límites con los otros con la mención de la empatía y el rigor, y en las relaciones culturales sigue siendo necesario rebasar dichos límites en aras de la construcción colectiva. Sin poner un pie más allá del nuestro propio territorio, no podría existir la crítica o la opinión, ni el intercambio de ideas, ni los debates, ni la argumentación para que alguien cambie de posición.

Para trascender los límites tenemos dentro de nuestro repertorio dos herramientas que podemos aprovechar como detonadores de experiencias estéticas y diversidad, y como antídoto para la censura, la autocensura y la restricción de la libertad de expresión. Son la violencia y el humor, dos términos que hay que sujetar con pinzas por sus definiciones delicadas. En este contexto me sirvo de ellos como elementos de las posibilidades de comunicación y en ningún momento hago apología a la agresión directa e inconsciente, o a interpretaciones absolutas e inamovibles que restrinjan la superposición y la sana contradicción no binaria.

Tanto la violencia como el humor posibilitan intercambios en el mundo cultural siempre y cuando se yergan en tres famosos pilares que deberíamos asumir como mantra: Seguro, sano y consensuado. Con este enfoque y apoyándonos en la empatía y en el rigor, podemos ejercer relaciones constructivas sin temor a ponernos a nosotros mismos la mordaza. De igual forma, estar abiertos a recibir críticas y a que la comunidad entre a examinar el trabajo propio sirve como campo de reflexión para fortalecer los discursos.

Las buenas prácticas artísticas tratan entonces de fomentar la consciencia en nuestras relaciones con los demás agentes culturales, con los proyectos y las obras y con el ecosistema social. Esto quiere decir fundar una especie de ética del trabajo cultural, sabiendo cuándo romper lo límites, reconociendo al otro y a la comunidad como interlocutores de nuestras acciones, poniendo en nuestros propios proyectos el rigor necesario y cimentándolos en la empatía.

Debemos por tanto asumir estos roles y actuar en consecuencia con nuestros colegas, en entornos de validación y evaluación, en la mediación con los públicos y en las relaciones donde hay aplicación de poder. En adición, trabajar con el mayor rigor con nuestra propia obra, y acercarnos con empatía al flujo de la crítica.

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