Creación y autorreferencialidad

Mirarse a sí mismo para crear es un poco más complejo que pararse frente al espejo.

En el crisol temático de las prácticas creativas es fácil establecer una taxonomía no jerarquizada de tramas en las que se cimenta la mayoría de los trabajos. Un caso es el territorio, del que pueden desprenderse reflexiones en torno a la deriva, la ciudad, la migración; del medio surgirán pensamientos sobre la técnica, la investigación científica o la experimentación material; del tiempo se pueden relacionar la memoria, el pasado y el futuro o la duración. Para el cuerpo, bajo una perspectiva expandida, es posible conectar la identidad, la colectividad, la mente, la espiritualidad o la biología entre otras. Dentro de estos tropos, que casi se transforman en lugares comunes o clichés, hay un tema que ubica los reflectores sobre la figura del propio creador y que ha sido el incentivo de torrentes de pigmento, saliva y tinta.

Ser uno mismo el tema de la obra me parece un tránsito natural de la creación. Es casi un estadio lacaniano de la experimentación. Sin embargo, la autorreferencialidad en la creación ha sido criticada en ámbitos como el académico, porque después de todo ¿a quién le interesa lo que soy, hago o sufro?, ¿por qué un discurso estructurado desde mi experiencia privada ha de ser pertinente en un mundo rebosante de problemas vitales?

Por supuesto que este argumento encuentra su asidero desde el momento en el que el contenido de la obra resulta siendo un eterno revisarse a sí mismo desde el creador sin aportar mayor profundidad tangible que la del espejo. Adicionalmente, si ese creador hace parte de la normalidad estadística de la población, el producto se torna predecible, aburrido y es consecuente con un sistema cultural que constantemente invita al narcisismo.

Pero para un creador, particularmente para las disciplinas más cargadas a nivel simbólico, es fundamental peregrinar el conocimiento de sí mismo. Uno de los anclajes del pensamiento crítico es precisamente la comprensión de la constelación de aspectos personales y su relación con el entorno. El conocimiento propio posibilita el establecimiento de las relaciones conceptuales necesarias en la autodeterminación encaminada a la realización de cualquier tipo de expresión cultural. De esta forma, se hace un estudio responsable desde el territorio personal hacia cualquier sendero ilimitado, siempre y cuando se cuente con las precauciones de la ética del creador, que transita inevitablemente por la empatía y por el reconocimiento del Yo en el Otro.

Sin embargo, no hay que cargar de un discurso tan elaborado la propia práctica para comenzar la indagación de uno mismo. Uno de los ejemplos históricos, y uno de los mayores autorretratistas de la tradición europea, es Albrecht Dürer. Luego de sus viajes por Italia, que aportaron profundamente a sus estudios pictóricos y anatómicos, Durero decidió poner su cuerpo a su propio servicio y elaboró un autorretrato desnudo, el primero en su tipo hasta ahora conocido. El dibujo de 1509 respondía a la necesidad del estudio de cuerpos al natural y a la falta de modelos dispuestos a desnudarse en la progresista, aunque puritana, Europa noralpina.

Los estudios del genio de Núremberg alrededor de su propia imagen no sólo se limitaron a un aspecto estético. En los autorretratos del Prado y de la Pinacoteca de Múnich, Durero hace una declaración simbólica manifestando la nueva condición del artista; se pinta a sí mismo como dueño y señor, como creador plenipotenciario y hace un osado paralelismo con la figura de Jesús y de los más ricos hombres de la época.

Otro popular y prolífico creador de autorretratos fue Rembrandt. De su mano se conoce su propia historia. Dichas pinturas y grabados presentan un estudio riguroso de la fisionomía la emoción y la luz. Es notable que los descubrimientos en iluminación que realizaba sobre sí mismo eran luego aplicados a los grandes retratos que le eran encargados y que finalmente lo hicieron rico y famoso. Rembrandt, en el campo del retrato, fue capaz de innovar a través de la recreación de la personalidad de sus clientes retomando elementos histriónicos que encontró en su propio rostro.

Retomando el argumento en contra de la autorreferencialidad, es en el siglo XIX que se origina el mito del artista bohemio, que cae enamorado de su propio sufrimiento y que bajo una interpretación somera, crea el cliché de manifestar el dolor intrapersonal de manera ególatra. En tiempos actuales, con una lectura romantizada del propio romanticismo, no resulta extraño que surja el retrato y el espejo como un fetiche más dispuesto en la órbita del artistismo. La autorreferencialidad queda suspendida entre el narcicismo encarnecido, la victimización clasemedianera y la nostalgia espesa y edulcorada. El patetismo resultante es el mejor pretexto en contra de la autorreferencialidad.

Un pensamiento más maduro se aleja poco a poco de una actitud reaccionaria frente a las dificultades de la vida y de la práctica creativa. Inevitablemente mirar hacia uno mismo se convierte en autocrítica, inaugurando un ciclo casi infinito que incluye frustración e inseguridad. La autocrítica es el análisis detallado de cada una de las acciones realizadas para ejecutar una práctica con la mirada pegada al cuaderno, arrojando opiniones prejuiciosas modeladas por altísimas expectativas.

La autorreferencialidad, tanto si actúa como tropo como si es el instrumento de evaluación creativo, debe atravesar una transformación que la lleve desde la autocomplacencia y la autocrítica a la crítica autoconsciente, esto es, hacia un pensamiento crítico del mundo, de sí mismo y de las prácticas con la premisa fundamental de la consciencia de sí mismo con relación al sistema total que habitan los cuerpos propios.

En un lenguaje menos redundante y más pausado, la crítica autoconsciente consiste en una toma de posición política a través de la contemplación activa de la realidad teniendo en cuenta nuestro lugar y nuestras acciones en el mundo, en la comunidad y en el ecosistema.

El flujo reflexivo al que la autorreferencialidad conduciría idealmente es a trascender la mirada narcisista y a dejar de lado al espejo como objeto de justificación creativa para convertirlo en una herramienta que nos ayude a pensar en el cuerpo que habitamos como parte de un sistema y de un contexto. El espejo como metáfora, pasa de ser una superficie de cristal reflectante de 4 milímetros de espesor a ser un dispositivo mediante el cual es posible alejarnos de nosotros mismos para mirarnos estereoscópicamente.

The Wall, al ser una obra de la esfera mercantil anglopop, es un referente sencillo para ejemplificar el hecho de la trascendencia de la mirada propia en función de las relaciones del individuo con su cosmos. Roger Waters es observador de sus propias acciones y dicha contemplación conduce a la acción creativa, reivindicando su posición como integrante de una banda afamada y apoyándose en su complicada biografía. The Wall más allá de ser una reconstrucción de las anécdotas del compositor, es un manifiesto gestado en la crítica autoconsciente y en la autorreferencialidad, que se adapta perfectamente a su contexto y que por dicha condición ha sido tomado como himno de resistencia.

Cuando se habla de mirarse a sí mismo, es preciso hablar del reconocimiento del propio cuerpo más allá de las fronteras de la carne. Lejos de las consideraciones iniciales sobre el interés de mi vida personal por parte de mi público, la autorreferencialidad se establece como un paso obligado para el establecimiento de relaciones sanas basadas en la empatía. Yo mismo me extiendo más allá de las fronteras de mi propia cognición, y por lo tanto mis acciones se escapan de mi control como arena entre los dedos. La contemplación activa de mis labores, mis memorias, mi contexto y el sistema que integro permite quebrantar la ingenuidad en la que se establece el patetismo y la autocrítica.

En definitiva, satanizar a un creador autorreferente no va a erradicar la egolatría. Sin embargo, incentivar la mirada autoconsciente sí va a reflejarse en una transformación de los paradigmas personas que finalmente apuntalan la comunidad creativa cultural.

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