Prácticas plásticas desde el Sur para resistir al Arte

El advenimiento de la postmodernidad puede ayudarnos a romper los paradigmas del Arte desde el Sur.

Las prácticas artísticas hace décadas que dejaron de ceñirse a unas corrientes estéticas particulares que las caracterizaban fácilmente y las situaban tanto en tiempo como en contexto. Atrás quedaron las épocas en las que se adscribía a un artistas dentro de un movimiento y se lo asociaba con otros creadores; los críticos se quedaron sin un insumo que nutrió páginas y contertulios durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, no me refiero a esta historia aparentemente lejana por un dejo de nostalgia, sino porque son estos críticos y estos pensamientos alrededor de las prácticas plásticas las que han situado el escenario de esta discusión en las redacciones de los periódicos europeos y estadounidenses, en las academias y los salones del norte global, en la boca y la pluma de hombres en representación de una maquinaria claramente hegemónica.

Un sistema de legitimación tan cerrado y tan centrado en sus propios intereses dejaría por fuera una gran cantidad trabajos plásticos originados incluso dentro de su propio territorio con base en criterios como la técnica, el género, o la procedencia del creador. El Arte, entendido como disciplina y como conglomerado de prácticas en torno al quehacer de unos creadores que están en función de un modelo oligárquico de representación, es una invención centro-centroeuropea, y depende exclusivamente de unos fundamentos ideológicos que han desplazado, en muchos casos de forma violenta, prácticas plásticas de personas y comunidades que no se paran desde este olimpo erigido en la gran tradición de la pintura y la escultura ejecutadas por los grandes hombres.  

La autolegitimación de la hegemonía ha sido exportada e implantada con cierto grado de éxito en todo el mundo. Los proyectos civilizatorios, ejecutados a partir de la independencia de la mayoría de los países a principios del siglo XIX, procuraron contar con un repertorio de hombres que instruyeran las regiones más salvajes del mundo, armándose así, con las herramientas necesarias para alcanzar la belleza y el esplendor de la madre Europa. No tardaron en aparecer museos, bibliotecas, universidades, academias de la lengua, salones, institutos de educación, salud, transporte y seguridad. Todos a la medida de un modelo establecido en tierras lejanas, igualmente lejos de las realidades de cada territorio nacional.

El Arte es parte de ese paquete civilizatorio usado para modernizar a las naciones, incluso en medio del mareo de la emancipación. En territorios como el nuestro y desde las esferas políticas dominantes, el Arte se ve como un indicador del desarrollo cultural, cayendo en la trampa del ideal utópico vendido por el norte, y por lo cual, no es raro encontrar concepciones como la del Artista exitoso que no es profeta en su propia tierra, como si el éxito de un artista tuviera que estar mediado por instituciones extranjeras validadoras de sus prácticas.

Si Rosalind Krauss ya se preguntaba en los años 70 en qué consistía el Post-movement art in America, y trata de encontrar un elemento que cohesione todas las prácticas plásticas en dicho territorio a través del signo indicial, tal vez ya sea hora de cuestionarse todo lo que implica el Arte en estos territorios nuestros sometidos a la colonización y qué es lo que como agentes de la cultura nos conglomera alrededor de nuestras prácticas cotidianas.

Como latinoamericanos abigarrados, heredados de unas cargas culturales tan pesadas como insospechadas, no estamos en la misma posición que cualquier persona nacida a la orilla del Rin. Cargamos, a parte de la herida colonial, la responsabilidad por cuestionarnos qué hacemos con nuestras prácticas plásticas y a dónde van orientados nuestros esfuerzos. Quedamos en medio de un debate donde somos parte de la decoración de un muro, o donde resistimos activamente dentro de un panorama social.

El devenir del Arte latinoamericano está chocando con el límite entre modernismo y postmodernismo, lo que debería implicar la confrontación directa con las instituciones de legitimación artística propias de la modernidad. Si el cambio del paradigma entre estos dos períodos de la historia pasa por el tamiz de la liberación de las ataduras de la colonia moderna, la postmodernidad será bienvenida siempre y cuando se aproveche la oportunidad para resignificar las prácticas plásticas y las expresiones culturales originadas en el territorio, examinando la historia y la prehistoria, reapropiándonos de los saberes colectivos y creando nuevos lazos de acción y pensamiento a partir del reconocimiento del otro.

De esta forma, el Arte deja de ser tenido en cuenta como una disciplina aprisionada por la práctica de la pintura, el dibujo, la escultura, la fotografía y sus miles de derivados; el Arte deja de ser un problema de la técnica a partir de una excusa conceptual. De hecho, el Arte deja de tener sentido al tiempo que el pensamiento en convivencia con el otro y con la materia plástica son asumidos por los otrora artistas.

La sensibilidad artística que nos ha sido achacada durante decenios ahora es una herramienta más que tenemos para ponernos nosotros mismos a disposición de la edificación de lazos a nivel social y cultural dentro de nuestra comunidad. Por las circunstancias tecnológicas actuales, podemos extender las redes más allá de donde podemos caminar, ya no para resistir, sino para construir.

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