Trabajo en cultura y autoexplotación

El contexto y el sistema en el que nos movemos los que optamos por trabajar en la cultura nos puede poner en contra de nosotros mismos.

La autoexplotación es una realidad en el mundo de la cultura. Mucho más allá de las acciones directas donde de una u otra forma los artistas explotan de manera comercial sus propios cuerpos, como en el caso de la danza, el teatro, la música o el performance, la reflexión en este punto se centra en una visión holística del propio ser: uno que integre todas las funciones tanto fisiológicas como mentales, emocionales y espirituales en un contexto espaciotemporal, abarcando claramente las dimensiones socioculturales que arropan dicho cuerpo.

Byung-Chul Han, filósofo nacido en Seúl y que ha construido toda su carrera en Alemania y en alemán, postula en su libro La sociedad del cansancio que estamos en una época donde el rendimiento ha comenzado a situarse en el centro de la experiencia humana. El principal motor de esta relación tóxica con nosotros mismos es una cultura con exceso de positividad. Según los estándares de autorrealización y trascendencia personal que se manejan en occidente, todo es posible, y nosotros al ser supuestamente omnipotentes, nos esforzamos titánicamente. Es así como resultamos siendo nosotros mismos quienes creyéndonos libres, nos imponemos las cadenas que el modo de vida occidental nos ha proporcionado.

Uno de los mayores problemas que detecta Byung-Chul Han en el exceso de positividad es la violencia neuronal del deber autoimpuesto que excede los límites humanos. La expansión de las cotas de productividad conlleva una situación donde somos nosotros mismos, condenados y verdugos.

Aterrizando estos conceptos al contexto que vivimos muchos de los que nos dedicamos a alguna rama de la cultura en Colombia, la presión por encontrar una salida laboral en el país la mayoría de las veces pasa por establecer jornadas de trabajo desenfrenado, repartiendo la carga entre la gestión de proyectos personales, el trabajo por encargo freelance y el trabajo por contratación de servicios en sectores como la educación o la administración.

El panorama se vuelve aún más turbio cuando se tiñe de naranja. La implementación de las nuevas políticas culturales, que vuelcan el trabajo creativo al servicio de un sistema de capitalismo salvaje, nos exige como productores y gestores culturales sumergirnos en un mar de burocracia y sobreexplotación laboral.

La cultura de la economía naranja es presentada como una gran oportunidad. Sin embargo, podría decirse que sus directivas económicas son del tipo extractivista, en vez de ser una apuesta por consolidar un modelo socioeconómico de protección a la constelación humana que trabaja y vive la cultura.

El momento y el lugar en el que vivimos nos exige actuar como Yuppies al servicio de la corporatocracia, pero, siendo nuestros propios empleadores, productores, Community Managers, administradores financieros y gestores. El rendimiento al que debemos llegar implica el paso por jornadas de trabajo que restringen procesos tan necesarios para la creatividad como lo es la misma contemplación activa a la que refiere Byung-Chul Han como antídoto para la sociedad del cansancio.

La advertencia a la que adscribo esta reflexión tiene que ver con la búsqueda de humanidad en esta vorágine cultural a la que estamos sometidos. Es necesario evitar el hecho de que la decisión, que hemos tomado con coraje y valentía, de poner nuestro cuerpo holístico como elemento constructor de cultura se vuelva en nuestra contra. La violencia neuronal del deber/poder-hacer que implica la autoexplotación ligada al sistema económico y cultural del que hacemos parte, inevitablemente va a hacer mella en las capacidades de creación.

Destruir el sistema es un pensamiento utópico. Salirse del sistema, por otra parte, para alcanzar el ideal de vida ascético tampoco es una opción para la mayoría. Cambiar la maquinaria con la que el capital actúa respecto a la cultura, aunque no es imposible, sí es improbable. Pareciera que la única alternativa que queda es hackear los protocolos mediante los que el sistema se rige.

Volcar esta locomotora y movilizarla como un aparato de resistencia requiere de un conocimiento juicioso y crítico sobre su mecánica interna. De esta forma, podemos encontrar que el propio maquinista, uno mismo, puede pasar de ser un sujeto del rendimiento a un conductor de su propio deseo.

Por lo tanto, esta reflexión invita a pensar en uno mismo, en las propias necesidades, en la relación de esas necesidades respecto a los sistemas que actúan sobre uno, en los sistemas de productividad, en el contexto en el que uno puede operar y en las políticas que están ejerciendo un peso adicional sobre las decisiones y circunstancias que uno asume. Con todo este conocimiento maleable, se pone en cuestión la autoexplotación y es viable establecer la búsqueda de alternativas para poner todo el sistema a nuestro favor.

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