Creatividad, orden y desorden

Existe encanto en el flujo cotidiano de habitar y ordenar que puede detonar la creatividad.

Es hora de ponerse a trabajar y de un momento a otro nos vemos inmersos en un mar de procrastinación. En ese momento la preocupación por nuestra creatividad cala y terminamos asociándola con el orden o desorden que nos rodea. No son pocos los puntos de vista que relacionan a la musa creadora con cualquiera de estos dos estados de nuestras pertenencias, pero ¿realmente importa crear en un chiquero o en un laboratorio aséptico?

La constelación de palabras y dichos alrededor del orden denota o encubre realidades donde la cultura material determina la valía de los sistemas personales a las que son aplicados. En el caso de los creativos opera un doble rasero donde el pecado del caos queda matizado por la genialidad de los productos presentados.

Existen íconos culturales del desorden. Un escritorio de Einstein tan desordenado como su cabello, o el estudio de Francis Bacon, que personalmente me parece que luce como infierno más encantador, son ejemplos de espacios habitados por personajes con genio extrovertido. La buhardilla del artista bohemio, tal como el desorden mítico de Satie, se presiente como la despelotada residencia de la creatividad.

Taller de Francis Bacon
(Fotografía por Erin Williamson)

Se condena directamente al desorden y se apela a una idea infundada donde lo que es afuera es adentro. Se presupone que el desordenado con sus cosas lo es también con sus ideas. Se lo sentencia en el marco de un sistema funcionalista al que no le interesa que un espacio de producción se vea entorpecido por una silla con la ropa del día anterior.

El desorden, que sólo lo es en un aspecto estético, se construye a fuerza del habitar el taller o la casa. Y aparece una paradoja dentro de las nociones occidentales donde es más cuerdo quien es desordenado que el que organiza compulsivamente y que antes recibía el diagnóstico de “desorden mental”.

El modelo industrializado de la casa y por extensión del taller impone espacios organizados y actualizados dentro de un canon estético siempre mutable. La actividad de clase media luego de una jornada laboral extensa y un transporte insufrible se enmarca en un perpetuo ordenar hasta el consumo sin dejarle espacio al no hacer, al abstraerse de sí mismo y recuperarse de la vida diaria.

Llevar una vida materialista, tal como alientan los medios a hacer, presupone zambullirse en la boca del lobo. Y, sin embargo, ya estamos rodeados de cientos de objetos a los que valdrá la pena cuestionar en un infinito juego mental que pueda desencadenar el aburrimiento, o la creación.

Dentro de nuestro nicho creativo entonces vale la pena estrellarnos contra la pregunta sobre qué cosas nos resultan más importanten a la hora de crear. Nuestro espacio de trabajo hablará por sí solo, la entropía colocará directamente en el centro nuestro principal fetiche productivo. El paisaje cotidiano, el de nuestro propio taller, habla de las relaciones que mantenemos con los insumos de trabajo y con las demás personas que habitan el entorno.

La armonía del desorden generado en la mayoría de los espacios de trabajo es la sedimentación de los hábitos que tenemos. Las identidades que expresamos residen en toda marca superflua del medio por lo que es posible encontrarse en cada centímetro del espacio. El desorden, como producto involuntario de la vida, molesta sólo en el momento en el que se evidencia una saturación del sí, en una faceta donde existe un conflicto con el valor cultural de la rigurosidad.

El hecho de ordenar marca una ruptura con las últimas actividades que hemos venido realizando. Hacer borrón y cuenta nueva con el uso del entorno refresca las relaciones objetuales y puede ser una oportunidad para reflexionar sobre son instrumentos, recuerdos, apegos, detonadores o acumulación.

Ordenar procura un silencio, un vacío y un espacio en blanco disponible para la explotación de ideas, pero por otro lado también implica habituarse de nuevo a buscar los enceres necesarios en un lugar que ya no está tan a la mano. Hacer el aseo y colocar las cosas en su lugar arbitrario significa refundar una cartografía de nuestro mundo material donde pueda primar el criterio funcional, estético o incluso energético.

Me gusta jugar tanto como le gusta a mi gata o como les gusta jugar a los grandes felinos en cajas de cartón que pueden verse en videos virales. El juego es una condición primordial y como tal debemos integrarla definitivamente en la cotidianidad sin ningún desdén.

El pensamiento y la experimentación creativa son juegos perpetuos desde el punto de vista del artista. Desarrollarlos en entornos tanto ordenados como desordenados cambia las relaciones que se pueden establecer. En el flujo constante que significa habitar/desordenar y silenciar/ordenar, el juego con los trastes puede convertirse en un detonador creativo a través de la observación de lo cotidiano, de la contemplación de la vida propia y de lo que implica el rastro de objetos que se dejan tras de sí en el devenir diario.

No siempre hace falta hacer grandes viajes intercontinentales para llegar a un museo del espectáculo para poder tener la chispa que dinamite el proceso de creación. En occidente el sistema de pensamiento se ha encargado de realizar observaciones sobre temas trascendentales olvidándose del aquí y del ahora. Dicho de otro modo, se ha despreciado el valor que tiene la mismísima cotidianidad en favor de unos pocos momentos de la vida atomizados donde la cuestión se establece entre el significado de la vida y la muerte y los puntos de inflexión vitales.

Es la vida misma con su cotidianidad, con los miles de días que pasamos inmersos en la absoluta normalidad, la que queda desplazada en esta reflexión dominante. Los procesos de creatividad bajo este marco sólo podrían ser apuntalados luego de sucesos trascendentales, y se funda el mito de la serendipia, la revelación y la epifanía que cambia por completo el punto de vista del creador y le otorga en vida su logro más trascendental.

Sin embargo, desde una perspectiva del aquí y del ahora, la creatividad está más próxima en tanto que la cotidianidad es estudiada y entendida. Arquímedes no salió gritando eureka después de involucrarse en un viaje totalmente extraño fuera de su zona de confort, sino después de comprender las dinámicas de un proceso tan mundano como el darse un baño.

Como creadores en nuestro tiempo de ajetreo urbano no nos hace falta si quiera entrar en Internet para encontrar la información que potencialmente podremos convertir en una obra. La contemplación de la realidad y de los quehaceres saca a relucir la mucha o poca poesía del aquí y del ahora, por lo que con la suficiente humildad el olor de una magdalena puede arrojarnos encima todo el peso del mundo.

Finalmente, no interesa si un espacio es ordenado o desordenado para ser creativo. Las cosas deben estar donde las necesitemos sin importar si e son estéticamente coherentes con el canon moderno y ningún gurú del orden como Marie Kondo podrá dictar sentencia sobre nuestros espacios, aunque siempre podremos aprovechar sus consejos para tener un cajón de la ropa interior impecable. El entorno cotidiano debe contemplarse como un campo lúdico, de autoexploración y de reflexión crítica con el sistema que coedificamos. La creatividad puede estallarnos en la cara tan pronto escurramos el plato, cojamos la esponjilla y veamos un vórtice de agua espumosa descendiendo en el sifón.

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